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Por Alejandro
Franco : mail : (contactenos)
Con el cierre de Megaupload
parece haberse creado un punto de inflexión
en la historia de Internet. Un estado de pánico
generalizado, en donde empresas proveedoras
de servicios de alojamiento de archivos han puesto
las barbas en remojo y han borrado información
y amputado derechos a usuarios premium
a toda prisa, intentando zafar de la que parece
ser una inevitable cacería de brujas. A
su vez al caos surgido por la movida se han sumado
millones de voces de protesta, multitud de medios
informativos que - por falta de idoneidad -
han terminado desinformando, y una corriente de
desconformidad que ha sumido a hackers de todo
el mundo en una especie de guerra mundial virtual
contra las autoridades de turno. ¿Es
esto el principio del fin de todo lo que hemos
conocido hasta ahora (y el inicio de algún
tipo de nuevo orden), o son sólo los espasmos
pasajeros del shock provocado por una cirugía
sin anestesia?.
Por supuesto, en estos días
se lee cualquier tontería en la web.
Una de las principales es que "copiar
no es robar", o que el compartir archivos
forma parte de una movida de libre expresión
y que se trata de compartir cultura. El tema es
que la gente que "comparte cultura"
no descarga una versión de El Séptimo
Sello de Bergman o la Sinfonía número
5 de Beethoven, sino que baja la versión
tomada con celulares del último capítulo
de la saga Crepúsculo, o el último
disco completo de Jennifer Lopez, cuando no está
descargando programas, juegos y sistemas operativos
sin pagar un peso.
El problema con todo esto
es que nadie ha hecho un análisis objetivo
de qué es lo que ocurre y por qué
pasa lo que pasa. Ni siquiera el
FBI está acertado en sus criterios.
Megaupload no era la versión cibernética
de Al Qaeda, o siquiera una organización
dedicada a la violación compulsiva de derechos
de autor como era Pirate Bay. Megaupload
era una empresa dedicada a prestar servicios de
alojamiento de archivos, la cual cobraba a sus
clientes por los mismos. En todo
caso el problema con Megaupload es que jamás
se preocupó por hacer un control como corresponde
de la legalidad de contenidos que subían
los clientes. Si lo hacía, llegaba
al 5% de la cantidad descomunal de información
que los usuarios levantaban todos los días.
En ese sentido Megaupload no sólo
hizo la vista gorda a cualquier cosa que pesara
más de un GB (si uno comparte un documento
o una planilla, es imposible que pese tanto) y
que resultaba evidente que se trataba de un video,
un juego o un compilado de canciones, sino que
estimuló la práctica con tal de
explotar el potencial que le brindaban millones
de visitantes diarios, creando sistemas publicitarios
que le daban pingües ganancias, y dando la
posibilidad de que dichos contenidos pudieran
ser visualizados mediante su servicio Megavideo.
Dio piedra libre con tal de llenarse los
bolsillos con la explotación publicitaria.
Ahora, ¿está
mal lo que hacía Megaupload?.
La respuesta es mucho más compleja de lo
que parece, y es que en realidad todo viene por
la naturaleza anárquica de Internet. Llevamos
demasiados años descargando cosas gratis
sin cuestionar si se trata de lo correcto. Vemos
a Internet como una especie de arbol de infinito
maná, en donde las cosas brotan solas y
uno debe estirar la mano para tomarlas. Pero
lo cierto es que las cosas no crecen de manera
espontánea. Están ahi por alguien
las puso, porque alguien tomó algo original
y puso una copia en la web. Y sí, copiar
es robar. Es lo mismo que ocurría las
universidades con las fotocopias y los libros
originales. La gente accede a la copia degradada
y de mala calidad, simplemente porque el original
es excesivamente caro. Entonces uno llega
a la conclusión que, además de que
las copias surgen por una necesidad imperiosa
de popularizar contenido, también hay un
componente de rechazo a la autoridad, a aquellos
que han puesto un precio excesivo a un pedazo
de información.
Es probable que el problema
no sean los usuarios ni los autores, sino las
corporaciones y los intermediarios de turno, que
encarecen las cosas como si sólo existieran
100 copias de ellas en todo el planeta.
Uno de los principios fundamentales de la economía
de mercado es que, cuando algo se masifica, disminuyen
los costos de fabricación. Ahora,
que alguien me explique cómo el sistema
operativo más extendido del mundo sigue
costando 300 dólares, aún cuando
figure en 8 de cada 10 computadoras de este planeta.
La gente se ve obligada
a acceder a la copia simplemente porque el original
es inaccesible, o está definitivamente
sobrevaluado. Y, lo que las corporaciones
no han terminado de ver, es que Internet les brinda
un mercado de miles de millones de potenciales
clientes, los cuales le permitirían abaratar
costos y poner los productos a un precio muy razonable
y accesible. Volviendo al tema inicial, la
pregunta es simple: ¿por qué
las grandes corporaciones de la música,
el cine y el entretenimiento no han instalado
sus propios Megauploads?.
La respuesta también
parece ser simple: no están dispuestas
a disminuir sus ganancias. En realidad,
no las reducirían sino que las redistribuirían
de otra manera: lo que antes ganaban con un millón
de clientes que adquirían su producto,
hoy lo seguirían ganando pero con cien
millones de clientes. Ganar menos y vender
más. Y la gente no se vería
inmersa en esta guerra que parece haber comenzado
hoy y cuyo final no tiene señales de vislumbrarse.
Todos hemos descargado alguna
vez archivos desde la web. Y, siguiendo con el
análisis de las características
tan particulares de Internet, resulta obvio que
por cada servidor de archivos que cierren surgirán
diez o quince. Cercenar una cabeza a la hidra
que supone la World Wide Web es una tarea inútil
sino se comprende que el problema pasa por otro
lado. Hablamos de cultura, pero de cultura
de mercado: de masificar productos a un precio
razonable y de que todos ganen. De crear servicios
pagos y legales a un costo accesible por el cual
los usuarios vean videos, bajen musica o descarguen
programas. Utilizar un criterio similar al
canon que pagan las radios por los derechos de
autor, y permitir que la gente acceda a contenidos
sin ser considerados criminales. Lo
que ocurre es que las corporaciones prefieren
la fuerza bruta y lanzar a los federales encima
de las empresas, antes que ponerse a pensar si
no la están errando en el modelo de negocios
que están utilizando. Internet es un mundo
nuevo y tiene reglas nuevas y distintas... pero,
al parecer, nadie está haciendo el más
minimo esfuerzo por entenderlas. |